Comunicado del “Cardinal Van Thuân International Network” con ocasión de la ronda actual del G8

En las últimas décadas se ha testimoniado una crisis sustancial del modelo de governance global de la economía y de las finanzas, fundado sobre instituciones que no han sabido o no han querido trabajar en profundidad los temas del desarrollo, de la leal competencia y de la evasión fiscal. De hecho, por un lado se han aprobado nuevos “lugares de poder” —como por ejemplo el G7/G8— donde efectivamente existe la posibilidad de incidir en los caminos políticos y económicos del planeta, por el otro, las atribuciones de la ONU y de sus agencias que han perdido eficacia.

En una fase económica y financiera en evidente crisis, en la cual se están rediscutiendo los fundamentos del modelo de desarrollo impuesto, parece central dar una mirada crítica justamente sobre los mecanismos de governance global para que ellos no formulen sólo soluciones/cubiertas necesarias para defender el status quo —y todas sus evidentes carencias— sino más bien una nueva política en vista del desarrollo humano.

En este sentido, es necesario mirar con atención y esperanza el camino hacia la reunión del G8 que se tendrá en julio en la isla de Maddalena (Italia) y, en particular, a la reunión del G20 que se prepara para los primeros días de abril en Londres.
Un renovada governance global de la economía —pero también de la fiscalidad de las finanzas— debe iniciarse necesariamente desde tres principios fundamentales: la responsabilidad, la solidaridad y la subsidiariedad.

A la luz de las evidencias de estos primeros años del milenio, permanecen con fuerte actualidad las palabras proféticas de Pablo VI en la Populorum progressio:«Pero como las olas del mar en flujo de la marea van avanzando, cada una un poco más, en la arena de la playa, de la misma manera la humanidad avanza por el camino de la historia. Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana» (n. 17).
La governance de la economía global, entonces, debe partir de la mutua responsabilidad individual y comunitaria, tan a menudo descuidada en los procesos de crecimiento económico iniciados por muchos países, hoy considerados desarrollados: responsabilidad hacia los sistemas económicos que menos han progresado, hacia los más pobres, hacia las nuevas generaciones…

Responsabilidad que significa consideración de la interdependencia de las acciones de los “grandes” respecto a los equilibrios globales, pero también a los equilibrios particulares de otros países. En tal sentido, se ha expresado claramente también el Primer Ministro inglés Gordon Brown que, con ocasión de su visita oficial a Benedicto XVI, ha escrito en el Observatorio Romano: «Esta crisis nos ha demostrado que no podemos permitir que los problemas se agraven en un país, porque a manera de reflejo su impacto será sentido por todos. Es entonces nuestro deber común hacer que las exigencias de los países pobres no sean un pensamiento secundario, al cual se adhieren por obligación moral o por sentido de culpa. Es hora de ver los países en vías de desarrollo insertados en las soluciones internacionales que necesitamos. Y es fundamental que estas soluciones internacionales tengan en cuenta a los países en vías de desarrollo». Es un imperativo ético, pero también una oportunidad económica. Como sostiene la Sollicitudo rei socialis: Los pobres no deben ser vistos como una molestia sino como un recurso. El fracaso de la política económico-financiera sobre los temas de desarrollo y de la lucha contra la pobreza permanecerá igual si no se basa en el principio de responsabilidad.

Junto con ello, la governance debe ser pues reformulada mediante una mayor participación democrática en los procesos decisionales —y, entonces, también en las responsabilidades— de los actores en juego: los gobiernos de los países desarrollados, las grandes instituciones financieras internacionales, las organizaciones internacionales, como también los gobiernos de los países en vías de desarrollo, las organizaciones profesionales del trabajo y de las empresas, hasta llegar a un pleno compromiso de la sociedad civil. Nuevos derechos de participación no pueden ser válidos sino con la previa asunción de los deberes conectados con el respeto de los derechos humanos y de la democracia.

Los temas son muy delicados, porque no se trata sólo de las formas de reglamentación del mercado internacional de las finanzas y de los productos —que es también un problema urgente y delicado— sino que también lo es la inclusión de los países menos desarrollados en los circuitos comerciales internacionales, la leal competencia internacional que ponga fin a fenómenos especulativos sobre el costo y sobre las condiciones del trabajo, el acceso transparente a los mercados de capitales y de los productos financieros, es decir, la revisión de los llamados paraísos fiscales, la reducción de la volatilidad de los capitales por los cuales los países pobres financian a los ricos, la lucha contra la corrupción. La recuperación comprende todo esto y todo esto no puede no ser hecho junto a los países pobres. Trabajar para ellos y trabajar para todos.

En momentos críticos como éste, los organismos internacionales y los Estados deben hacer su propia parte, teniendo siempre presente la necesidad de que tales intervenciones sean dirigidas a proponer la subsidiariedad. Ella no impide obtener ayuda, es más, la solicita, pero siempre con el objetivo de valorizar el protagonismo del primer nivel, si no de forma inmediata, al menos en el medio y largo plazo: tal protagonismo constituye, en realidad, la premisa para el auténtico desarrollo humano, también en el campo económico. El riesgo de decisiones repentinas y poco enfocadas para resanar los balances públicos, es el de un “efecto dominó” sobre las condiciones de existencia de la realidad de pequeñas dimensiones: que las administraciones públicas no descarguen los cortes sobre la sociedad civil, sino más bien que antes intenten reformarse a sí mismos; los Estados no deben intervenir si no con espíritu de suplencia, mejor indirecta que directamente; la inclusión de los países pobres pasa a través de la valorización de sus recursos, también humanos.

Pronosticamos entonces que el actual camino de encuentros internacionales que concluirán en Maddalena (Italia) en el próximo mes de julio, conecta en modo estructural las preocupaciones para el reequilibrio financiero y para la recuperación económica en los países desarrollados con las líneas contenidas en la Declaración final de la Conferencia de Doha sobre el financiamiento al desarrollo del pasado diciembre y con la Nota del Pontificio Consejo «Justicia y Paz» publicada el 18 de noviembre de 2008 en vista de la Conferencia de Doha.

S.E. Mons. Giampaolo Crepaldi
Card. Van Thuân International Network

Observatorio Internacional Cardinal Van Thuan
Sobre la Doctrina Social de la Iglesia, Verona (Italia)
Centro de Pensamiento Social Católico, UCSP, Arequipa (Perú)
Fundación Pablo VI, Madrid (España)