La Navidad, fiesta de la familia y de la vida

1. La familia, realidad insustituible

En la familia, el amor se hace gratuidad, acogida y entrega. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado por sí mismo, por el hecho de ser persona, de ser esposa, esposo, padre, madre, hijo o abuelo. El ser humano necesita una “morada” donde vivir. Una de las tareas fundamentales de su vida es saberla construir. Todo hombre y mujer necesitan un hogar donde sentirse acogidos y comprendidos. El hogar es para el hombre un espacio de libertad, la primera escuela de humanidad. En la convivencia familiar se aprende también a vivir la fraternidad y sociabilidad, para poder abrirse al mundo que nos rodea. Por eso, la familia es la verdadera ecología humana, el hábitat natural.

Si dentro de la familia nos fijamos en los esposos, merece la pena leer lo que decía el escritor Tertuliano:

“Quién podrá explicar la felicidad del matrimonio que consagra la Iglesia, confirma la oblación del sacrificio, sella la bendición del sacerdote, lo anuncian los ángeles y ratifica el Padre celestial…? ¡Qué unión la de los dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos, comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una sola carne. Donde hay una sola carne, allí también un solo espíritu. Oran juntos, juntos se acuestan, juntos cumplen la les del ayuno. Uno al otro se enseñan, uno al otro se exhortan, uno al otro se soportan. Juntos pasan las angustias, las persecuciones y las alegrías. No se ocultan nada el uno al otro, todo es compartido, sin que por eso sea carga el uno para el otro…” (Ad uxorem, 9).

Por esta razón, hemos de denunciar una vez más los denominados “nuevos y alternativos modelos de familia”. Nos parecen pobres y raquíticos, y más si se presentan frente a la que es llamada, muchas veces con desprecio, “familia tradicional”. Todavía nos parece más perniciosa la equiparación de las uniones de las uniones de hecho al verdadero matrimonio y a la verdadera familia. También manifestamos  nuestra tristeza por la difusión del matrimonio meramente civil entre bautizados, y la expansión de la mentalidad divorciaste. En esa óptica, el divorcio es concebido como un derecho, pero en realidad oculta el drama humano y social que supone el fracaso del matrimonio. Nuestra sociedad oculta y tampoco denuncia el tremendo síndrome del post-aborto que tanto dolor y sufrimiento provoca en las madres que, en unas circunstancias sin duda difíciles de su vida, no apostaron por la vida.

2. La familia y su misión de transmitir la vida y educar a los hijos

La familia, comunidad de vida y amor fundada en el matrimonio, tiene como misión la transmisión de la vida y la educación de los hijos. Sólo por esto sería ya institución imprescindible en la sociedad. La familia es verdaderamente “el santuario de la vida, el ámbito donde  la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada, contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano” [3]

El amor de los esposos es la primera relación que conforma la familia. Luego, la relación paterno-filial, cuya falta, por los más variados motivos, es siempre un primer drama en la vida de las personas. También las relaciones de fraternidad, que tienen una riqueza singular que no se encuentra en otras relaciones humanas; es la riqueza de compartir en igualdad un único amor: el amor de los padres. Tampoco puede olvidar la familia,  la atención y el cariño especial que debe prestar a los ancianos y a otros miembros débiles, porque la familia, pequeña iglesia, está llamada al servicio de todos los que la forman, y especialmente de los más necesitados; de este modo vive “el amor preferencial por los pobres”: recién nacidos, deficientes, enfermos y ancianos.

La convivencia familiar se convierte, así, en escuela de fraternidad y solidaridad, que nos abre igualmente a la solidaridad con otras familias, para la construcción de un mundo mejor. Servir al evangelio de la vida supone también que las familias se impliquen activamente en asociaciones familiares y trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo los derechos humanos, entre los cuales está en primer lugar el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que los defiendan y promuevan.

3. La Navidad, fiesta de la familia y de la vida

Frente a tantas amenazas y asechanzas como surgen a veces entre nosotros contra la familia, célula primordial de la sociedad, todos debemos tomar conciencia de nuestra responsabilidad como creyentes: la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la sociedad. Tenemos la oportunidad, en estos días de Navidad de tantos encuentros de familia, de sentir ante el belén la llamada a amarla más, y a servir y defender la vida humana, especialmente cuando es débil e indefensa.


El evangelio del día de la Sagrada Familia nos habla precisamente de su  huida a Egipto. “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Como entonces, está en peligro  el mayor tesoro de la familia, el hijo. La vida del Hijo de Dios está amenazada desde su nacimiento, por la pobreza y la persecución. El Hijo de Dios fue también, por un tiempo, emigrante y exiliado. Herodes atentaba contra la vida del niño, y, al verse burlado por los Magos, mandó matar a todos los niños de  Belén y sus alrededores. Los Santos Inocentes de Belén son los primeros de tantos niños inocentes, víctimas de los intereses egoístas  de los mayores.

Especial mención hemos de hacer, en esta Jornada por la Familia y por la Vida, a las víctimas inocentes del aborto provocado. Ninguna circunstancia, por dramática que sea, puede justificar el que se mate a un ser humano inocente. No se soluciona una situación difícil con la comisión de lo que el Concilio ya calificó de “crimen abominable”. Por desgracia, en no pocas ocasiones, las mujeres gestantes, abandonadas a su propia suerte e incluso presionadas para eliminar a su hijo, acuden al aborto como autoras y víctimas a la vez de esta violencia. Las penosas consecuencias – fisiológicas, psicológicas y morales – que padecen estas mujeres reclaman la atención y acogida misericordiosa de la Iglesia [4] .


Como decía Juan Pablo II, en el V aniversario de la encíclica Evangelium Vitae, “no tiene razón de ser una mentalidad abandonista que lleva a considerar las leyes contrarias a la vida – las leyes que legalizan el aborto, la eutanasia, la esterilización y planificación de los nacimientos con métodos contrarios a la vida y a la dignidad del matrimonio – son inevitables y ya casi una necesidad social. Por el contrario, constituyen un germen de corrupción de la sociedad y de sus fundamentos. La conciencia civil y moral no puede aceptar esta falsa inevitabilidad, del mismo modo que no acepta la idea de la inevitabilidad de las guerras o de los exterminios interétnicos” [5] .

En estos días de Navidad que traen a nuestra meditación el nacimiento y la infancia del Hijo de Dios hecho hombre, en esta fiesta de la Sagrada Familia que ve amenazada la vida de su hijo recién nacido, sentimos el vivo deseo de reafirmar con energía que la familia, toda familia está llamada a ser santuario de la vida, lugar de acogida y amor para todos sus miembros.


+ Mons. Braulio Rodríguez Plaza,
Obispo de Salamanca
Presidente de la C.E. de Apostolado Seglar