Las Múltiples Miradas (engañosas) Sobre Víctor Andrés Belaunde
Osmar Gonzales
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Víctor Andrés Belaunde (Arequipa 1883-Nueva York 1966), arequipeño fundamental, como lo calificara alguna vez Luis Alberto Sánchez, o universal como lo han denominado César Pacheco Vélez y Eusebio Quiroz Paz Soldán, es una de las figuras más destacadas del pensamiento social peruano. Paradójicamente, es uno de los intelectuales menos estudiados y comprendidos por los analistas. Como resultado de esta falta de atención han predominado sobre él imágenes que distorsionan su ubicación en el pensamiento nacional. Pero no perdamos de vista que este desentendimiento se debe no solo a adversarios intelectuales o ideológicos sino también a la desidia de sus propios herederos intelectuales, quienes poco se han preocupado por ingresar al debate desde la plataforma de ideas propuestas por Belaunde. En otras palabras, aquellos que lo debieron enarbolar como su ideólogo lo postergaron inadmisiblemente, quedando ellos mismos huérfanos de argumentos con los cuales ofrecer una visión articulada del Perú. No se trató, pues, de un parricidio simbólico sino de un suicidio argumentativo. Si en vida Belaunde ya se sentía decepcionado porque no había logrado captar la atención de aquellos a quienes dirigía su palabra, después de desaparecido ese abismo fue más profundo por la negligencia de sus sucesores. Solo en las últimas décadas han aparecido evidencias de querer incorporar a Belaunde en el debate nacional, para beneficio del pensamiento político. Domingo García Belaunde, César Pacheco Vélez, Pedro Planas, Eusebio Quiroz Paz Soldán, entre otros, han contribuido a ello.
Belaunde definió su papel en tanto pensador como una tarea pedagógica. En este sentido, como hombre de ideas, trató de educar al ciudadano. Movilizando sus amplios conocimientos y profundidad de reflexión dirigió su palabra (mediante discursos o artículos, es decir, por la oralidad o la escritura) a un público amplio, y no necesariamente al caracterizado por las afinidades con sus ideas. Dicho de otra manera, Belaunde encarna —como otros grandes pensadores peruanos como José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre, Raúl Porras Barrenechea o Víctor Raúl Haya de la Torre, por poner solo algunos ejemplos— al intelectual de razón pública, como recomendaba el filósofo alemán de la Ilustración, Inmanuel Kant.
El intelectual de razón pública es justamente aquel que dirige su prédica más allá de los linderos de los propios y busca formar, por medio de la palabra escrita —fundamental pero no únicamente—, una conciencia ciudadana. Su opuesto es el intelectual de razón privada, que solo busca comunicarse a los cercanos a él, a quienes piensan parecido a él y, por lo tanto, no está expuesto al debate o la controversia; es cierto que consolida su entorno inmediato pero no contribuye a la constitución de una comunidad ciudadana. Belaunde, acabo de mencionarlo, es un intelectual de razón pública que no rehuye el debate, por el contrario, lo incentiva, tal como lo demuestran sus escritos que conforman su libro La realidad nacional y que tiene su origen en la polémica que inició con Mariátegui y sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana a fines de los años veinte del siglo pasado.
Considero que esta ausencia de debate es lo que ha originado que sobre Belaunde prevalezcan ciertos estereotipos. No se lo ha leído y los juicios sobre él más son, en muchos casos, repeticiones alteradas de otras voces. Así, cada eco de ecos fue alejándose cada vez más del mensaje original. Obviamente, no estoy diciendo que conocer a un autor significa estar siempre de acuerdo con él; estoy afirmando algo diferente: que solo mediante la lectura atenta y desprejuiciada se pueden fundamentar o argumentar las opciones y puntos de vista discordantes. Este debate de ideas, esta ida y venida de argumentos a favor o en contra, supone el reconocimiento básico de pertenecer a un mismo terreno de disputa, el que constituye el campo intelectual (el término es del sociólogo francés Pierre Bourdieu), algo que no hemos podido consolidar en el Perú. Esto explica que haya prevalecido la incomunicación y que cada intelectual sea tomado como símbolo de parcialidades sin lograr plenamente el reconocimiento de pensadores asumidos como clásicos, es decir, como patrimonio de la sociedad en su conjunto. Es evidente que a ello se suman las rivalidades político-ideológicas, cuyas definiciones son importantes, pero que al actuar sobre la fragmentación e incomunicación debilitan sus mensajes.
Si queremos encontrar el origen de la manera como los intelectuales de izquierda han enjuiciado a Belaunde debemos re-leer al propio Mariátegui, quien calificaba a la generación del novecientos o arielista (la de Belaunde) como “colonialista” y “feudal”. La relación de Mariátegui con Belaunde nació de la iniciativa de este cuando empezó a responder a los 7 ensayos por medio de las páginas de su revista Mercurio Peruano , que fundó en 1918. Fue el inicio de una polémica brillante pero prematuramente frustrada por la muerte del Amauta. Desde entonces, la izquierda ha tratado de ubicar a Belaunde en diferentes posiciones ideológicas y políticas: como fascista, como intelectual orgánico sea de la oligarquía, del feudalismo o de los agro-exportadores, cuando no como racista o conservador.
Vayamos por partes. No se puede decir que Belaunde era un hombre de ideas fascistas. Su crítica al fascismo es dura por su no respeto a las libertades cívicas. Recordemos algo que muchas veces se obvia, que en 1921 fue deportado por Augusto B. Leguía luego de su discurso en favor de tales derechos, que consideraba fundamentales para un régimen político democrático. Si hubiera sido fascista tenía todo a la mano para seguir el camino de su amigo José de la Riva Agüero, quien formó parte de los gobiernos de los dictadores Luis M. Sánchez Cerro y de Óscar R. Benavides, ellos sí fascistas. El hecho de que Belaunde se mantuviera al margen de tales gobiernos y que, incluso, apoyara candidaturas opuestas a los caudillos que los encarnaron, nos dice claramente que estaba muy lejos de asumir al fascismo como un tipo de gobierno plausible de ser aplicado en el Perú.
Belaunde tampoco era un intelectual identificado con ideas feudales. Por el contrario, era un pensador que se ubicaba consistentemente en el terreno de defensa de ideas republicanas. Como agudo observador de la crisis institucional era consciente —como el joven Riva Agüero— que era necesario conformar un partido liberal. Incluso, cuando Belaunde responde a Mariátegui, ofrece un rápido panorama de las lecturas que nutrieron su pensamiento democrático. Pero la muestra más clara de su convicción democrática y republicana es su famoso discurso de 1914, “La crisis presente”. Todo él está orientado por el propósito de consolidar las instituciones de la República y son manifiestas su oposición y crítica a los poderes tradicionales.
Por lo anterior, Belaunde tampoco fue un pensador defensor de la oligarquía. Ideológica y políticamente fue un opositor a las élites de su tiempo. Ideológicamente se enfrentó a los propietarios de tierras ausentistas, improductivos y tradicionales, proponiendo reformas que, además, fueran la base de un nuevo trato al indígena (visto casi como sub-humano) y que debería ser reconocido como un elemento sustancial de la nacionalidad. Fue precisamente este conjunto de ideas lo que asustaron a las élites dominantes. Este temor se tradujo en que cuando postuló como candidato del partido fundado por Riva Agüero y sus compañeros generacionales, el Nacional Democrático, fue sistemáticamente bloqueado.
Coherente con lo anterior, Belaunde también tomó distancia de los agro-exportadores. No se puede decir que fue un opositor radical de este sector pero tomemos en cuenta que si bien les otorgaba un papel importante en la vida nacional, afirmaba la necesidad imperiosa de constituir una burguesía productiva y emprendedora; en sus términos, consolidar la clase media. Si a un sector económico apoyó Belaunde fue a la burguesía industrial más que a la agro-exportadora. Aunque suene inverosímil, esta postura lo acercaba a Mariátegui más de lo que aparece a primera vista. Y desde este mirador se puede comprender mejor la crítica a los grupos de poder terratenientes, a los caciquismos provinciales, según sus propios términos.
Otra de las imputaciones a Belaunde es que se trató de un intelectual de corte racista. Un pensador racista es aquél que analiza la vida social desde el mirador de las razas, justamente. Así, estas se constituyen en el rasero desde el cual se explican las peculiaridades y diferencias sociales, a las que despoja de su carácter de construcción humana para priorizar los factores genéticos y naturales. Es decir, si hay pobres es porque “naturalmente” están incapacitados para salir de su situación de postración; si hay “exitosos” es porque su composición genética los predisponen a ello. Las explicaciones sociales desaparecen de su universo mental. Esto no ocurre con Belaunde. Por el contrario, si algo caracteriza a sus posturas es su visión de que la historia es un elemento fundamental en la construcción social de la vida nacional. De esta manera, reubica al elemento indígena en la nacionalidad y se opone al pensamiento predominante en las élites, que pugnaban por excluirlo de ella. Belaunde se alejaba de la sinonimia que intelectuales como Alejandro O. Deustua establecían entre “razas de color” y grupos sociales inferiores. Si bien se diferencia del radicalismo de Manuel González Prada, Belaunde también ofrece una visión distinta acerca del tema racial. Su mirador no era la raza, en todo caso era la historia y la cultura. Pensador racista, no lo era.
Atando todo lo dicho, es muy difícil afirmar que Belaunde fue un intelectual conservador. Creo que lo que distingue su proyecto político es, por el contrario, la insistente propuesta de reformas. No llega al desencanto de Riva Agüero que prefería denominarse conservador, ni tampoco se aleja de la vida nacional como los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, quienes pasaron la mayor parte de sus vidas en Francia. Belaunde tuvo más optimismo que el primero y participó activamente en el devenir social como no lo hicieron los segundos, y este optimismo era sostenido por su adopción definitiva del pensamiento social-cristiano, por su fe. Belaunde nunca se resignó con lo dado, siempre impulsó reformas. La “síntesis viviente” resume su manera de ver el proceso peruano: historia y fe.
Por todo lo anterior, considero que la mejor manera de identificar a Víctor Andrés Belaunde es reconociendo su talante reformista inspirado en el social-cristianismo que abrazó definitivamente en sus años de madurez. Quizás por ello prefería definirse como un intelectual peruanista.
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[1] Osmar Gonzales es Doctor en Sociología, compilador con Domingo García Belaunde de Víctor Andrés Belaunde. Peruanidad, contorno y confín. Textos esenciales , Fondo Editorial del Congreso de la República, Lima, 2007.
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